Una belleza sobrenatural, sus ojos llevaban consigo una maldición de hechizar, mirada penetrante, sus labios era el infierno donde quisiera siempre estar y su sonrisa era el paraíso, que alguna vez soñé. La noche era fría y oscura, su presencia producía el calor y la luz más brillante que haya existido. Estaba solo, aun así ella llenaba cada vacío en mí. Tenía problemas, un poco más allá de lo normal, entendía que era la solución de cada uno de ellos.
La despoje del abismo con todo y sus demonios, ella estaba aterrada al descubrir que los monstruos no descansaban bajo su cama sino que dormían junto a ella noche a noche. Ella estaba en aquel ángulo de la habitación con la mirada desorientada abrazando sus rodillas, puede que era lo único que podía apretar.
Yo, con mi voz y guitarra haciéndole compañía a la soledad y tratando de hacerla un poco mejor junto a líricas y notas acústica. Suspiró y me observó. ¡Vaya! Sí que era preciosa, para ser de este mundo, sus pupilas desgastadas de color café en la mañana, sin fin con tres puntos suspensivos. El rojo carmín de sus labios, envuelto como millones de rosas, cicatrices hirientes como espinas, su aroma fue como inhalar cocaína, me sentí en el lugar soñado junto a ella.
La vi, ahí en el Paseo Colón, mendigando que cada carro que pasará se detuviera y se la llevará. La llevaban a cualquier motel barato. Después salían de la habitación del motel; unos cuantos dólares pagaban por su esbelto cuerpo y yo todavía cantaba su poesía, era la única musa que me inspiraba.
En su mirada se reflejaba dolor, ella no aposto vivir esta vida, es difícil que alguien más decida sobre el rumbo de tu vida. Eso le pasó a la chica de tacones altos, lápiz labial y mini falda.
Ningún nombre, ningún apellido. No le pertenecía a nadie.
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